Publicado el: Lun, Dec 12th, 2016

¡La sombra!

CARLOS PEREZ (1)Johan Monterroso Abarca, hijo único, procreado por los esposos Guillian e Isabella. su madre falleció cuando aún era un niño, para ser más exacto, alcanzaba la edad de cinco años, tres meses y veintiún día; quedando bajo el cuidado y protección de su libertino padre, de quien heredó y aventajó en las andanzas y las devociones afectivas efímeras por las mujeres; galán de presteza difusa y licenciosa, en su desfile profano por la vereda de las aventuras, había coleccionado estelas inconmensurables de adversarios; pero ¡La sombra, siempre estuvo ahí!.. a su lado, para auxiliarlo de las frecuentes embestidas; unas veces por cautivados individuos que coincidían en las simpatías por las mismas mujeres, y que veían sus intereses perturbados, otras por abrumadas féminas seducidas por sus sortilegios, que luego de servirse de ellas las abandonaba de manera degradantes, y en ocasiones por las bravuconerías que exhibía en los establecimientos de diversiones que concurría… ¡La sombra, siempre estuvo ahí!.. desde el mismo momento que se escapó por una fisura del espejo, sólo se distanciaba de su predestinado, en los momentos de intimidades… era una singular valedora paradisíaca, que sólo él, de manera inexplicable, podía percibir y guarecerse en sus compasiones, convirtiéndose en inmune a las agresiones de sus rivales. ¡La sombra!, estaba aferrada a su vida como el capitán al timón de un navío a la deriva, hasta aquel fatídico momento.

Guillian Monterroso, poseía el espejo como un culto habitual, desde el mismo día de la expiración de su predecesor, era un objeto ancestral, que sobrevenía de generación en generación, y que sólo los varones primogénitos gozaban de esta concesión; en el epílogo de su longevidad, postrado en su lecho, como consecuencia del tiempo, con el último aliento revoloteando en su ser, contemplando el cristal descubierto desde la cama, con los ojos moribundos, le solicitó a su sucesor, ponerse de rodilla ante él, y levantar su mano derecha para que le prometiera, conservar sin importar las circunstancias la reliquia, que por décadas permanecía en poder de la familia, y con ella prolongar la tradición… Concluida la solemnidad del momento, Guillian Monterroso cerró el capítulo final de un peregrinar de francachelas y bellaquerías. El espejo, alcanzaba una altura de 70 cm por 40 de ancho… marco en caoba centenaria, tallada con un estilo barroco.

Johan Monterroso Abarca, detenido frente al espejo, mientras se observaba con un embeleso narcisista, de repente se percató, que por la imperceptible grieta, surgía de manera misteriosa, inesperada, paulatina y silenciosa, una silueta, hasta alcanzar la estatura de cinco pies y ocho pulgadas, la cual le resultaba conocida, al tiempo que un soplo de tranquilidad, bienestar y sosiego se deslizaba por su sensibilidad, el momento le parecía un mágico encuentro de protección paradisíaca, el cual deslumbrado y en su asombro ante el perfil, solo atinó a decir lleno de júbilo:

-¡Bienvenida de nuevo al espacio mundanal!

Por la imaginación de Johan Monterroso Abarca, nunca serpenteó, ni remotamente la posibilidad de que su aliada incondicional en algún momento se distanciara de él, hasta que el eclipse del ocaso se convirtió en testigo de la tragedia… Aquel día funesto y por demás ineludible, sólo esperaba que los últimos destellos de sol fueran desalojados por el misterio de la sutileza del crepúsculo, para iniciar la travesía hacia las persecuciones de sus presas… fue entonces que al salir de su hogar, – que una vez más, de muchas veces-, vendavales de proyectiles se dirigieron a su cuerpo, descargados por un consorte enardecido como consecuencia de los celos, las humillaciones y la vergüenza… quien sin vacilación hizo tronar en trece ocasiones la pistola Browning GP-35 semiautomática 9mm, el cual, al ver que aquel hombre se mantenía invulnerable, ya sin municiones no encontró otra opción que emprender la huida, pero ¡La sombra, estuvo ahí, como siempre!.. en el frente, recibiendo las estampidas… y en el último impacto, cayó al pavimento, al tiempo que se iba desvaneciendo, mientras esto ocurría el semblante Johan Monterroso Abarca, se transformaba en una escuálida imagen de lamentos, impotencia, soledad y abatimiento.

5 de diciembre de 2016

Sobre El Autor

- Estudiante de término de Comunicación Social

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5 Comentarios
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